SIN CONCESIÓN
por Blanca C. de Dal Bon
Cruzo la calle de tierra hacia la casa vieja, amarilla, con ventanas altas y rejas verdes, en la puerta una cortina de tiras sin color, al entrar piso de ladrillos. Conozco su historia, fue un almacén de campo; al morir el padre de la Gringa, el marido, un borrachín y malevo, lo transformó en un boliche. No podía tener la casa otro destino.
Apareció el hombre y ahí nomás me atajó, pinta de bravucón, como para intimidar: ¿qué busca? – preguntó.
- Soy la Micaela de los Funes, la Gringa me dijo que necesitaba una mujer para que lo ayude ya que ella con tantos gurises no puede…
- Sos muy flaca, aquí hay que hamacarse todo el día y parte de la noche.
- No se engañe, trabajé los últimos cinco años con el turco Alí, hasta que murió.
- ¡Ah! – contestó – me contaron que se intoxicó con lo que fumigaba.
Mientras hablaba aproveché para mirar las destartaladas mesas, el mostrador con trapos sucios, los porrones y las botellas amontonadas en los costados, en los estantes vasos oscuros por el mal lavado. En los ganchos colgados del techo salames y mortadelas. Dos parroquianos jugando a las cartas y otro durmiendo con la cabeza sobre los brazos apoyados en la mesa.
- Mirá – me dijo – si te quedás yo no permito entrevero ni amoríos con los hombres, nada de peleas, nada…
Me miró fijo como si me sacara la ropa a tirones, agaché la cabeza, dudé – pero no tenía donde ir - le dije muy quedo.
- En el fondo está la Gringa, ella te va a decir dónde vas a dormir. Tomó de un golpe un vaso con grapa.
Levanté mis bártulos del suelo, me fui pensando: “sólo le sacaré la roña, serviré a los parroquianos. Nada más. Porque sino a éste le va a pasar lo del turco”.
Mis pies como garras se hundieron en los ladrillos del piso del boliche como cuando era niña.
Cumpliré la promesa a mi madre: jamás le diré a la Gringa que su viejo, era también mi padre.
----------o0o----------