jueves, 3 de abril de 2008

EL VERDE FOLLAJE

Ni siquiera vio sus manos arrugarse.
La mujer lo llamó, ¿qué haces ahí? ¡Hace dos horas que te estoy llamando, ya está la comida! Sentado en la mesa familiar miró a sus hijos, el mayor con el pelo largo y anteojos, barba ¿desde cuándo?, anteojos ¿ahora El hombre caminaba apurado, llegó a la esquina y esperó el paso del semáforo para cruzar, apenas tuvo luz verde continuó su marcha eludiendo uno a uno los transeúntes que venían en sentido contrario. El lugar donde había estacionado su auto estaba a mitad de cuadra, escuchó un grito de un nene “¡mirá mamá!” y levantó la vista siguiendo la dirección que el pequeño indicaba. No vio nada, al menos nada extraordinario. La vocecita continuaba “¿Mami, se van a caer?”. En lo alto del árbol unos globos de colores se habían enganchado entre las ramas.
Se quedó mirando mientras madre e hijo se alejaban, estaba asombrado de ver el follaje entre el que apenas se divisaban los globos. Continuó su marcha pensativo, abrió el auto, se sentó y mientras conducía miraba los árboles de la avenida, tomó por 9 de Julio, las flores azules de los jacarandás le parecieron maravillosas. No las había visto a la mañana cuando hizo el camino inverso.
¿Cuándo florecieron los jacarandás? Casi nunca miraba el paisaje que recorría todos los días, solo semáforos, autos, bocinas y más semáforos.
¿Cuándo brotaron los árboles?, nunca les prestaba atención, recordó una tarde en la oficina que se distrajo, mientras hablaba por teléfono, mirando las ramas peladas que se veían desde su ventana. Y después… ahora se encontraba con este verdor.
Salió de la autopista, miró las calles conocidas de su barrio con ojos de turista ante un mundo desconocido, casas nuevas, casas viejas, negocios, vecinos.
Entró en su casa, la hija adolescente estaba sentada viendo televisión, miró por primera vez sus ojos pintados, las uñas de color negro, el cabello lacio ¿no tenía rulos cuando era chica?, ¿cuándo se puso lacio?, ese cuerpo… ya no era la nena. ¿Cambió tanto y no me di cuenta?
En ese momento llegaba la esposa de la calle, sorprendida por tener al marido tan temprano en casa, un beso ligero y… qué rara que estaba, esos ojos cansados, el paso más lento, la espalda más curvada, los zapatos gastados. ¿Desde cuándo está así? ¿Cuándo empezó todo esto?
Fue al dormitorio, sentado en la cama se miró en el espejo grande del placard, esa cara no podía ser la suya, las arrugas, el cuerpo, miró sus manos en el reflejo y después bajó la vista mientras las levantaba, arrugadas, secas. ¿Desde cuándo estoy así? Se quedó pensando.
Podía describir uno a uno los estimados de ventas cumplidos, las variaciones de mercado, la competencia y el proyectado para los tres próximos años. El cálculo de costos y la estimación de superavit acorde con la inflación. No se le escapaba ningún detalle y estaba al tanto de cada una de las pequeñas variaciones en la curva de ganancias.
Pero no vio a su nena convertirse en esa hermosa jovencita, ni a su esposa mientras se le curvaba la espalda o gastaban los zapatos.
usas anteojos? - le preguntó.
- ¡Como se ve que no te das cuenta de nada! ¡Hace más de una año que los usa!, pero vos ni te enteraste – escuchó la voz de la esposa.
¿Qué te pasa? Le preguntaron al verlo tan distraído. No supo explicarse bien, solo atinó a decir: ¡es que los árboles brotaron y se llenaron de hojas!
¿Qué tiene que ver una cosa con la otra, los anteojos con los árboles?
Nada, los árboles con las arrugas, los años con los hijos crecidos, la rutina con los cambios, el trabajo con la vida que pasa.
Mientras tomaban el café miró a su familia y les pidió ayuda: ¡por favor! – les dijo – ¡ayúdenme a mirar, estuve muchos años ciego!.
por Alcira Lucena