jueves, 3 de abril de 2008

LA SERENATA

por Elisa N. Vázquez
(Cuento recreado sobre una historia real)

En el barrio de Pompeya, en la calle Carlos María Ramírez al 2000, vivían Los Marinaro.
Cada treinta y uno de diciembre después de las doce, Los Marinaro esperaban a sus primos, Los Longo y Los Rizzo, y se armaba la serenata. ¡Sí! Porque todos eran músicos. En la casa que lindaba a la derecha vivía mi tío, Jaime, hermano de mi papá.
Como éste era un acontecimiento festejado en el barrio, tres hermanos de papá, esperaban el año nuevo allí y cada vez, Jaime le reiteraba la invitación. No, decía papá, no me gusta dormir fuera de casa, extraño mi cama.
Yo soñaba con poder ir un día.
Aquél treinta y uno de diciembre me despertó el olorcito a empanada gallega, a pan dulce… Me ilusioné. No hubo ningún comentario. Pasada la siesta papá dijo: “Preparen ropa para dormir, vamos a casa de Jaime”. Recuerdo cómo me colgué del cuello de mi querido padre y le di un beso.
El colectivo 111 nos llevó desde Liniers hasta Pompeya. Cruzar ese puente me parecía mágico. Caminamos varias cuadras buscando la sombra de los tilos. No fue necesario golpear las manos. El cerco de alambre permitió que nos vieran desde el patio. ¡Al fin hombre! ¡Qué sorpresa! No los esperaba. Parece que la tía María tampoco. Se le escuchó decir: ¿a quién vamos a pedir colchones?. Y ya papá se quería volver. Pero… nos quedamos.
Durante la cena , se habló de todo un poco, recordaron cuando eran chicos en España que el festejo estaba centrado en Navidad y que cada uno debía contar alguna buena acción que hubiera hecho mientras comían el pavo que cocinaban durante horas, las nueces que ellos mismos recolectaban, el pan recién salido del horno. Cerca de medianoche el tío habló de Los Marinaro, que preparaban en forma tradicional la serenata para recibir así a los vecinos. Me gustó escuchar cuando dijo que Pichuquito, hoy músico, cuando era chico se lo veía sentado en el umbral simulando tocar con un bandoneón que le había hecho la mamá con un colchoncito.
Cerca de la una se escuchó música y salimos. Los Marinaro habían apagado las luces de la casa. Frente a la misma los músicos comenzaron a tocar la serenata sentados sobre las cajas de los instrumentos: “Desde el alma”, era el vals.
Alma, si tanto te han herido,
¿por qué te niegas al olvido?
¿Por qué prefieres
llorar lo que has perdido,
buscar lo que has querido,
llamar lo que murió? (*)

Los vecinos aplaudieron y vivaron. Las luces de la casa se encendieron, abrieron las puertas, entraron los músicos y detrás todos los que compartíamos el momento.
Un mantel blanco cubría la larga mesa sobre la que fueron dejando nueces, castañas, higos y el pan dulce. En un piletón con hielo, botellas de sidra, vino dulce casero. En el patio de ladrillos, sobre la tarima improvisada de madera, bajo la lila de las glicinas; se prepararon los músicos. Bandoneón, chelo, violín y piano se cruzaron en la noche con las cañitas voladoras.
¡Un brindis para los músicos! ¡ Que empiece el baile!
Hasta mis catorce años volvimos a Pompeya los treinta y uno.
Me casé un dos de febrero. Esa noche desperté con la música de la radio. ¿De la radio? No, era en la calle. Cuando abrí la ventana, no lo podía creer, los músicos de Pompeya me estaban tocando una serenata. ¡La novia puede pedir!. ¡“Desde el alma”! – grité.
En la tarjeta que me entregó Pichuquito pude leer los nombres de mis tíos. Nunca tuve un regalo igual.

Los López, Mary y Anselmo, son amigos de la vida toda. En un cumpleaños Mary cantó un tango. Yo nunca la había escuchado. Le expresé mi sorpresa y halagué su hermosa voz.
- “Por algo soy Marinaro”.
- ¿Los Marinaro de Pompeya?
- Si – me dijo – familia de músicos, Alberto Marino, Los Longo, Los Rizzo. Mira Ely otro día te voy a contar. Ni te imaginás las serenatas que tocaban mis primos las noches del 31 de diciembre, allá en Pompeya.

(*) Fragmento vals “Desde el alma” -
Letra : Rosita Melo.
Müsica: Homero Manzi y Victor Piuma Vélez.

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