Tu frágil pequeñez enternecía
y por eso, sin ser su vástago, un padre tenías.
Copa de vida en erguido crecer.
Nuestro balcón asomado te llamaba
y a él llegaste en un singular abrazo.
Descanso, sumergida mi mirada, en tu follaje,
mientras un pájaro ensaya primavera,
entre tus manecillas esmeraldas.
Pantalla gritando sombra y verde
en el vaivén que corta el ropaje del estío.
Ser que me ampara día y noche
hasta con sus ramas en arrugada desnudez
e inmóviles ante el gélido viento que espanta.
Por vez única, en el Día de la Independencia,
vestido de blanco por níveos copos,
me deslumbraste con esa visión alucinante.
Hoy, añoso, tomas del sol mayor energía
para dar frescura al hábitat de mis sueños
y pese a que la muerte te dejó sin tutoría
desde mi lecho, aún siento que él a través de ti
me saluda y enciende una ilusión todas las mañanas.
Ana María La Greca
24 Nov. 2007