jueves, 3 de abril de 2008

EL CEDRO SOLITARIO

EL CEDRO SOLITARIO
por Alcira Lucena

Siempre se sintió diferente al resto, ya de pequeño cuando solo era una pequeña semilla voló lejos, alejándose de sus hermanos. Huraño y solitario, no permitió que nadie lo molestara y cuando algún retoño quiso ubicarse cerca de él se las ingenió para alejarlo. Fue así como quedó solo, erguido en un claro del bosque, a su alrededor solo había pasto suave y algunas flores.
Algunas veces a través de la brisa le llegaban las voces de sus compañeros desde el bosque preguntándole el por qué de su aislamiento, él les contestaba que no quería nadie que le hiciera sombra, deseaba disfrutar a pleno del sol radiante, afirmando que el estar separado del resto, en un lugar “tan privilegiado”, le permitía observar si algún indeseable se acercaba.
Se había ubicado en un imponente escenario natural, era conciente que todas las miradas convergían hacia él, admirándolo en su plenitud, bello, esbelto… y solitario.
Pese a todo, algunas veces se aburría, aunque no le gustaba reconocerlo, en esos momentos sentía la necesidad de tener cerca a sus hermanos, sentir otros perfumes, escuchar las voces de la naturaleza.
Pero los pájaros se quedaban en el bosque ya que preferían volar de copa en copa, en ese techo umbroso y protegido, ellos igual que el resto de los animales se acostumbraron a verlo desde lejos.
Él fingía disfrutar su soledad, y para acentuar la leyenda se mostraba hosco cuando algún visitante casual intentaba acercarse, enredó sus ramas en un tejido incómodo para cobijar nidos o proteger criaturas, ni siquiera el más pequeño de los pájaros podía posarse en ellas.
Hasta que una tarde observó que el cielo se oscurecía de una manera diferente, nubes extrañas cubrieron el sol y la belleza habitual del atardecer se convirtió en algo aterrador y siniestro.
Un viento cálido y húmedo lo envolvió, sopló cada vez con más intensidad y pronto sintió que sus ramas se desgajaban por la fuerza de un violento huracán. Ahogado por la lluvia pidió socorro, a lo lejos – en el bosque – nadie lo escuchó, aunque tampoco hubieran podido ayudarlo. En medio de la fronda los amigos de diferentes especies unieron sus fuerzas, inclinaron las copas más altas y cubrieron así los espacios vulnerables, de esa manera impidieron el desastre.
El solitario cedro sufrió toda la noche la fuerza del temporal, al amanecer, exhausto, caído sobre el suelo, sintió el calor del sol en sus ramas destrozadas poco a poco los rayos penetraron hasta lo más profundo de su tronco de heridas abiertas y resecaron las raíces que habían asomado a la superficie cuando cayó vencido.
Así comenzó otro calvario, durante el día observó la verde frescura que lo rodeaba, inalcanzable, el bosque se recuperaba y a media mañana el trino de pájaros y el bullicio de las criaturas le llegó armonioso, como todos los días.
El destrozado cedro apenas visualizó ese renacer ya que agonizaba solitario, en medio del claro inundado de luz, bajo el cruento sol, con la certeza que ya era muy tarde para intentar comenzar de nuevo, y aprender a compartir la sombra.

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Revista Literaria UTOPÍAS